Por fin había llegado el día.
Que ella recordara, siempre lo había estado esperando. Toda
la vida le habían hablado de él y le habían contado que tarde o temprano
llegaría. Le habían dicho que le supondría una liberación enorme; que se
colmaría de independencia. Que no desesperara. Ya no necesitaría a nada ni a
nadie para dejarse ir adonde quisiera. Se podría por fin marchar del nido sin
miedo a sentirse sola.
Podría alejarse y llegar al lugar más inhóspito; volar como
hacía el resto de individuos de su especie. Dejarse mecer por el viento, sentir
el frío a su alrededor, el calor del aire que se mueve por debajo.
Libertad.
Liberación.
El resto de sus congéneres no la
entendían. No era normal que toda la vida la hubiera pasado de aquella manera.
Debía dejarse llevar, dejar atrás sus miedos. Pero no era fácil y parecía que
ella era la única que lo sabía. “Ellos han tenido siempre las cosas más fáciles”,
pensaba ella, en un intento de justificar su miedo irracional.
No podía más. Siempre era quien
se quedaba viendo como los demás se dejaban caer y volaban a merced del viento.
Pero tampoco podía seguirlos. Alguien tenía que estar allí, observando a los
demás, cuidando de los incautos que acababan maltrechos. O quizá era solo una
excusa más y debía marcharse como ellos. No con ellos, sino como ellos. Pero a
su manera.
Sabía que no era igual que los
demás. Sabía que le pasaba algo que le impedía hacer lo que debía hacer, lo que
le correspondía hacer por naturaleza. Y sabía que tarde o temprano debería
dejar atrás sus miedos; siempre se lo habían dicho, aunque nunca directamente.
Parecía que los demás sintieran miedo de decírselo claramente. Como si el hecho
de decírselo la fuera a resquebrajar y a partir en mil pedazos.
Por primera vez sentía que podía
hacerlo. Lo haría sola, sin necesitar la compañía ni las palabras de aliento de
nadie. Sola. Para por fin sentirse libre.
Libertad.
Liberación.
Podía hacerlo, era capaz. Lo
sabía perfectamente y los demás no podían ni imaginar la manera en que lo iba a
hacer. De ella nunca lo hubieran esperado.
Solamente un impulso. Un
impulso. Un salto limpio. Sin miedo. Ahora.
Miedo.
Angustia, terror. No podía
hacerlo. Pero sabía que lo haría. Era lo que necesitaba. Toda su vida se había mantenido
alejada de este sentimiento pero ya no aguantaba más. Lo iba a hacer. Su vida
no tendría sentido si no lo hacía. Dejaría de estar hueca. Dejaría verse vaciar
de la desesperación que la inundaba.
Llegó el momento. No había
vuelta atrás.
Frío. Mucho frío. Más miedo que
antes. Ligera taquicardia.
Libertad.
Liberación.
Se sentía caer. Aunque era raro,
pues no parecía que cayese, era más como si rodase. Eso era, estaba rodando. Rodaba
lentamente por una superficie suave y caliente.
Una mejilla.
Se entremetía por pequeños
pliegues, se tropezó con la comisura de unos labios que temblaban. Sonreían,
pero temblorosos.
Fue entonces cuando se fijó. Se
vio reflejada en un espejo, frente a ella. Seguía bajando lentamente, la
gravedad estirando de ella hacia abajo y la piel frenándola, como no dejándola
ir.
Se observó colgando un instante
de una barbilla, antes de caer al vacío.
Libertad.
Liberación.
El vuelo duró apenas un
instante. El instante más largo de su vida. Un instante para ir a estrellarse
contra un lavabo de porcelana blanca.
Un lavabo de porcelana blanca
salpicado de sangre.
Liberación.
Horas más tarde Lucía se
despertaba en su cama, con los ojos hinchados de tanto llorar. Sábanas
manchadas, dolor de cabeza. Pero con fuerzas suficientes para ponerse en pie y
reírse de la vida. Había aceptado de tal manera al
dolor durante tanto tiempo que se le había agarrado en las entrañas. Pero ya
estaba fuera.
Podía dejar de tenerle miedo a volar.